EL PEREGRINO CIEGO

Hace unos años, Albert Aelia vio un reportaje sobre el Camino de Santiago en la televisión, y se prometió a sí mismo, que algún día lo recorrería. Dicho y hecho. Este norteamericano de 35 años, llegó a Compostela tras hacer la Ruta Jacobea desde Burgos, en compañía de su perro lazarillo, Zion, un precioso pastor alemán de 11 años.

Y es que Albert, sufre desde niño una enfermedad degenerativa, que le ha ido dejando sin visión progresivamente. Sin embargo, su ceguera no ha sido un impedimento para hacer realidad su sueño de ser peregrino.

“Sólo he tenido que pedir ayuda a otros caminantes. Ni yo ni mi perro conocíamos el Camino, así que necesitábamos ir con alguien que nos pudiese indicar la Ruta, porque yo no puedo ver las flechas que sirven de guía”.

Así que al llegar a los albergues, preguntaba a la gente si alguien le podía ayudar, y según cuenta el propio Albert, la respuesta siempre fue positiva.

No es habitual ver a un invidente recorriendo la Ruta en solitario, así que eran muchos los peregrinos que se sorprendían al verlo con su perro.

“Me preguntaban que cómo era posible que hiciera el Camino, y yo les respondía que lo único que necesitaba era un poco más de ayuda que el resto, y no tengo ningún problema en pedirla”.

Por esta razón, a la hora de hacer balance de su aventura, Albert asegura que lo mejor de la experiencia, ha sido la cantidad de gente que ha conocido. A pesar de que en tres albergues, tuvo problemas para que su perro pudiese entrar.

“En dos albergues tuvo que venir la Policía, porque no me querían dejar quedarme con Zion. De todas formas, creo que son casos excepcionales, ya que en España, la gente es muy comprensiva con nosotros, hay otros países en los que la situación es mucho peor”.

A diferencia de la mayoría de peregrinos, este joven, nacido en Boston, no ha tenido ningún tipo de lesión, ni tan siquiera las temibles ampollas, que son la cruz de todos los caminantes. En este caso, ha sido el pobre Zion el que se ha llevado la peor parte.

“A los pocos días de empezar el recorrido, le tuve que poner unos calcetines al perro, porque sus pezuñas se resentían. Creo que le ha costado más a él que a mí”, aseguraba Albert.

De hecho, andaban una media de entre 20 o 25 kilómetros cada jornada, para que el animal pudiera recuperarse y descansar.

Albert y su perro, son todo un ejemplo de superación personal, y nos demuestran, que para alcanzar nuestras metas, tan solo hay que ponerse en marcha.

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