2013: El año que cambió mi vida para siempre

Parece que lo que toca el 31 de diciembre de cada año es hacer balance. Analizar las cosas positivas y negativas que nos han dejado los últimos doce meses. Y por lo general, acompañarlo de buenos deseos y propósitos para el nuevo año que comienza.

Confieso que para mí el año 2013 ha sido raro, raro, raro. Lo comencé con ilusión y esperanza, ya que el 13 es mi número favorito. Llamadme loca, pero es que nací un 13 y tengo debilidad por ese número. Es lo que hay 😉

La primera mitad del año la pasé buceando entre ofertas de empleo, búsqueda de cursos, becas o prácticas para continuar ampliando mi formación o mi currículum… En definitiva, desesperada por encontrar algo que hacer y que me ayudara a seguir pagando las facturas.

Envié solicitud para unas prácticas en el Parlamento Europeo, en Bruselas; me inscribí para hacer un Máster en una importante multinacional española; apliqué para un curso de la Oficina de Empleo sobre Turismo y Organización de Eventos… Al mismo tiempo, a comienzos de año hice un lavado de cara al blog. LO trasladé a WordPress y le reformé de arriba abajo, dándole un look más actual, dinámico y accesible. Comencé a escribir más, a moverme más en las redes sociales. En definitiva, ejercí una búsqueda activa de empleo.

Finalmente, me aceptaron en el curso de Turismo y Organización de Eventos, y allí me fui. A comenzar una nueva aventura.

El curso como tal fue un tanto desastroso, por circunstancias que no merece la pena recordar ni mencionar aquí. Digamos que terminó con ‘desavenencias irreconciliables’ entre alumnos y profesores. Pero de aquella experiencia saqué dos cosas buenas: por un lado, fui consciente de que para encontrar mi camino (laboralmente hablando) debía ampliar horizontes, no cerrarme puertas, y el sector del turismo estaba en auge, suponiendo una nueva vía profesional por explorar. Por otro lado, tuve la oportunidad de trabajar (durante poco tiempo, eso sí, y en prácticas) en una productora audiovisual. Allí pude seguir aprendiendo y aportar mis servicios como Community Manager, y además, conocer más a fondo un sector que me apasionó: el enoturismo.

Pude visitar una bodega de la zona de la Ribera del Duero, y comprobar cómo esta rama se está abriendo al turismo. Pero lo que es mejor todavía: me permitieron realizar una visita ‘accesible’, adaptada a personas con diferentes capacidades.

A raíz de aquella experiencia, comencé a interesarme más y más sobre este tema. Visité blogs sobre enología y enoturismo, empecé a seguir cuentas de Twitter que trataban estos asuntos, leí artículos, reportajes… En definitiva, me empapé de lleno y me apasioné por el tema. Y siempre que me ocurre esto, es peligroso en mí, porque bullen en mi cabeza nuevas y peligrosas ideas 😉

En esta ocasión, la idea vino en forma de argumento para una novela. Sí. Tal y como lo leéis. A mediados de mayo y a punto de terminar mis prácticas en la productora audiovisual, a mi cabeza no dejaban de afluir ideas y más ideas para formar el hilo argumental de una historia que había nacido entre aquellas barricas y viñedos de la Ribera del Duero.

Comencé a esbozar la trama, la sinopsis, incluso la estructura de los capítulos. Llegué a describir a los personajes principales, proyectar un borrador con las ideas centrales… Incluso me reuní con un par de personas a quienes proponerles la idea, para ver si podría tener salida en el mercado editorial. Todo iba por buen camino. Me ilusioné como nunca antes. Es decir, ya había escrito borradores con ideas de novelas anteriormente, pero nunca había llegado tan lejos. Esta vez era distinto. Tenía la idea, las herramientas y el camino libre para llevarlo todo a cabo.

Pero el argumento de la gran novela que es mi vida me tenía reservada una sorpresa, un nuevo giro argumental con el que yo no contaba, y que hacía tiempo había descartado del guión: encontré trabajo.

A principios de verano me llamaron de aquella empresa multinacional para cuyo Máster me había inscrito meses atrás. A lo largo de abril, mayo y junio había acudido a diversas entrevistas, pruebas, tests y hasta una dinámica de grupo. Acudía a cada prueba y entrevista del proceso que iba pasando con ilusión, pero en el fondo sabía que no era posible, que aquella oportunidad no sería para mí. Superaba las fases del proceso, sí, pero siempre me quedaba esa sensación de desconfianza, de falta de autoestima que dicen tan característica de los de mi signo… Si ya había ido a tantas entrevistas, y tantas veces me había quedado a las puertas, ¿por qué iba a ser aquella ocasión distinta?

El día 2 de julio me llamaron para decirme que estaba dentro. Había superado todas las fases del proceso de selección, y a falta de pasar un reconocimiento médico rutinario, en septiembre comenzaría a trabajar.

Por fin. El final del camino estaba ahí. La meta final, el objetivo por el que llevaba tantos meses luchando. La oportunidad laboral que tantos años llevaba esperando había llegado.

Tan solo debía cambiar mi vida por completo.

Sabía que no podía renunciar. Se trataba de una de esas oportunidades que no puedes rechazar, un tren que pasa una sola vez en la vida. Sabes que si no lo coges, te arrepentirás para siempre. Tenía que subirme. NO había otra opción. Pero todo lo que suponía subirse a ese tren era duro. Muy duro.

El 20 de agosto de 2013 dejé atrás la vida que había conocido durante 28 años. Dije adiós a los sueños que había construido, junto a la casa en la que había vivido y convertido en mi hogar en los últimos 4 años, donde aprendí a cocinar, a planchar, a convivir en pareja. Dejé atrás el hogar y la ciudad en la que creí que crecerían mis hijos. Y arrastré conmigo a mi pareja, a mi perra y parte de nuestro hogar embalado en cajas de cartón.

Fue, seguramente, lo más duro que he tenido que hacer en mi vida. No dejaba de preguntarme si no les estaría arrastrando inútilmente a un lugar en el que no serían felices, donde no tendríamos un futuro claro. ¿Merecería todo aquel esfuerzo la pena?

En la balanza, estaba claro que salía ganando en el aspecto laboral. Una oportunidad como esa jamás podría soñar con tenerla, ni parecida, en mi hogar de origen. ¿Pero en lo personal? Soy una persona sentimental, muy arraigada a mi tierra, a mi gente. No me había dado cuenta de cuánto valoraba todo eso hasta este año. Cuando te vas, es cuando realmente aprecias lo que dejas atrás.

Me costó muchas semanas adaptarme al nuevo rumbo de los acontecimientos. Hacerme a la idea de que debía vivir y construir de nuevo mi vida (porque no es lo mismo) en una nueva ciudad, en un nuevo entorno, una casa distinta, calles distintas, gentes y lugares diferentes… Fue todo un reto y una lucha.

Durante aquellos días lloré. Mucho. Pero no me avergüenza decirlo. Lloré porque tenía miedo. Porque me sentía perdida, lejos de casa. Y sobre todo, porque no sabía si había hecho bien al arrancar del hogar a otra persona junto a mí. Me sentía responsable. MI vida no era la única que había cambiado. Este nuevo giro de los acontecimientos había afectado a otros, y no quería defraudarles.

Pero es increíble la capacidad de adaptación del ser humano. En a penas dos meses ya nos habíamos habituado a la nueva vida, y estábamos inmersos en la vertiginosa rutina de la gran ciudad. Gracias al teléfono y las nuevas tecnologías, los de casa no parecían estar tan lejos, y el cambio fue gradualmente menos amargo. Fuimos poco a poco construyendo de nuevo un hogar, y aunque sigo echando de menos, muchísimo, las cosas que antes tenía, reconozco que ya el cambio no parece tan grande.

Como habréis podido deducir, si es que habéis conseguido llegar hasta aquí, al final no pude dedicarme a escribir la novela, como me hubiese gustado. Con el jaleo de la mudanza, la adaptación al nuevo hogar, aprender nuevas rutas, empezar en un nuevo trabajo, una nueva rutina… Gané en muchas cosas, pero perdí la libertad de poder escribir cuando me apeteciera.

La idea para la novela sigue ahí, archivada en un rincón de mi cabeza y de mi alma, porque sé que algún día encontraré el tiempo y la energía para llevarla a cabo. Y entonces, cuando la haya terminado y pueda compartirla con vosotros, podré decir que he hecho realidad otro de mis sueños.

¿Quién sabe? Quizás 2014 me traiga las fuerzas necesarias para llevarla a término.

Por lo pronto, del nuevo año solo espero que no se lleve nada querido. Creo que en 2013 ya sacrifiqué bastante: una parte de mi alma, que dejé en tierras castellanas. Ahora, solo nos queda seguir trabajando y luchar por alcanzar los objetivos que aún nos faltan por cumplir.

¿Cuáles son vuestros propósitos para el nuevo año? ¿Qué aprendisteis en 2013? ¿Qué os dejó el año que termina? Espero vuestros comentarios.

¡Que tengais un espléndido y muy feliz 2014!

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6 pensamientos en “2013: El año que cambió mi vida para siempre

  1. David

    David (compañero enclave).

    Hola Patricía.

    Espero que todo este proceso de cambio que has experimentado, sobre todo en la segunda parte del año, sirva para traerte un futuro mejor, no solo laboral, sino personal y encuentres la estabilidad emocional que un trabajo te aporta.

    Mis mejores deseos para ti (y no es por ser el día que es). Un abrazo, y feliz salida y entrada de año nuevo.

    Un abrazo.

    Responder
  2. Jesús Barbero

    Hola Patricia: Yo también tengo varios proyectos en mente y, en concreto, me siento identificado con lo del libro, pues yo también empecé hace casi un año a escribir un libro, en este caso basado en mis años de infancia. He escrito ya varios capítulos pero, al igual que tú, lo tengo aparcado por falta de tiempo, pero lo voy a terminar y me gustaría publicarlo. Un saludo. Jesús Barbero.

    Responder

Y tú, ¿cómo lo ves?

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