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El miedo

“El miedo hiere más que las espadas. El hombre que teme la derrota, ya ha sido derrotado.”

Es una de las frases emblemáticas de Juego de Tronos. La pronuncia el personaje de Sirio Forel, cuando está enseñando a luchar a la joven Arya Stark.

Si lo piensas bien, es cierto. El miedo nos paraliza, nos vence. Nos atrapa y no nos permite dar un solo paso más, por temor a caer.
Se podría decir que el miedo, nos incapacita.

Mi amiga Paz estudió veterinaria. Le apasionaban los animales y quería dedicar su vida en cuerpo y alma a cuidarlos, a estudiarlos, a entenderlos. Le gustaban tanto, que durante la carrera, no dudó en ponerse a trabajar en una tienda de mascotas, para irse familiarizando con ellos.
Cuando por fin terminó la universidad y obtuvo su título de Veterinaria, como no encontraba trabajo de lo suyo, siguió trabajando en la pequeña tienda de mascotas. No era exactamente lo suyo, aquello para lo que se había estado preparando tantos años, pero al menos estaba relacionado, y tenía para ir tirando, ir pagando el alquiler.

Al cabo de un año estaba harta de estar en la tienda, pero como no conseguía encontrar trabajo en ninguna clínica, continuó aguantando. “Quizás el mes que viene…” “¿Quién sabe? A lo mejor pronto me llega la oferta de mi vida”, pensaba.

Paz terminó aborreciendo la tienda. Iba cada mañana con un gran peso sobre sus hombros, como si trabajar allí fuese una auténtica condena. Todos le decíamos que lo dejase, que si tanto sufría yendo a aquella tienda, que se marchara definitivamente y se dedicase a buscar en serio otra cosa. Pero ella decía que no lo entendíamos, que allí al menos tenía contacto con los animales, lo que más le apasionaba, y aunque tuviera que aguantar los desplantes de su jefe, a los pesados de los clientes, el horario tan esclavo de la tienda… Que prefería seguir esperando.

Cada vez estaba más delgada. A penas comía ni dormía. Solo vivía para ir a la tienda, atender a los clientes, aguantar a su jefe y volver a casa muerta de cansancio cada noche para acostarse y volver a levantarse al día siguiente.

Un día por fin llegó su gran oportunidad. Porque todo en esta vida llega a su fin, y antes o después, todo esfuerzo obtiene su recompensa, como tanto se empeñan en decirnos nuestras abuelas. Un día a Paz la llamaron para cubrir una plaza en la Clínica Veterinaria más importante de Barcelona. Buscaban a alguien joven para emprender un nuevo proyecto, junto con otros jóvenes prometedores de su generación.
A Paz se le vino el mundo encima. Por fin tantos años de esfuerzo y sacrificio, de aguantar a los pesados de los clientes y al manipulador de su jefe, de madrugones, de no tener vida personal, por fin todo ese esfuerzo había servido para algo. Pero ese algo estaba en otra ciudad, muy lejos de su casa, de su familia, de sus amigos.
¿Cómo iba a marcharse y dejarlo todo para irse a Barcelona? NI siquiera había viajado nunca ella sola. ¿Cómo iba a sobrevivir sin conocer a nadie en una ciudad extraña?

Estuvo varios días debatiendo consigo misma, dándole vueltas a los pros y los contras, sopesando lo que podía ganar si se marchaba a Barcelona, a trabajar en aquella prestigiosa clínica. Podría formar parte de un novedoso proyecto, trabajar codo con codo junto a otros veterinarios, aprender, crecer profesionalmente…
Pero eso suponía dejar atrás todo aquello que conocía, todo su mundo, todo lo que le era familiar y querido. Sería como un pececillo fuera de su acuario, como un cachorro perdido en medio de una gran ciudad.

Así que tras mucho meditarlo, Paz acabó por rechazar la oferta, y se quedó en la tienda de mascotas, atendiendo a sus clientes de toda la vida y aguantando al pelmazo de su jefe, que en el fondo, se alegró de que ella no se marchara, porque así tenía a quien seguir dando órdenes.

El miedo que Paz tenía a cambiar de ciudad, a marcharse y empezar de cero dejándolo todo atrás, fue más fuerte que sus deseos de crecer como profesional, y le hizo incapaz de luchar por su sueño. Dejó que el miedo la dominara, que no le dejase avanzar, y cometió el error más grande de toda su vida.

A los pocos meses de haber rechazado la oferta de la clínica de Barcelona, mi amiga Paz acabó quitándose la vida, en el cuarto de baño de un diminuto apartamento alquilado, sola, rodeada por sus tres gatos y su hámster.

Jugando a ser actriz

Toda mi vida, desde que tengo uso de razón, recuerdo haber soñado con ser actriz. Cuando era pequeña jugaba a disfrazarme con mis primos y les obligaba a aprenderse breves historietas que yo inventaba. Buscábamos en el viejo desván de la abuela Teodora, entre los uniformes del ejército del tío Manuel -que en paz descanse, el pobrecito-, y las cofias y delantales que utilizaba la abuela cuando servía en la casa del alcalde.
Nos lo pasábamos pipa. A veces inventábamos que la sirvienta se enamoraba del oficial y se fugaban juntos, quizás porque lo habíamos visto en alguna película de la televisión, de esas que tanto le gustaban a la abuela. Otras veces organizábamos una función destinada a toda la familia. Esas eran las mejores. Juntábamos a todos los tíos, primos, abuelos y hasta vecinos, y hacíamos nuestra representación.
Cómo nos aplaudían todos. Y a nosotros, ¡cómo nos gustaban esos aplausos!
Desde entonces creo que tengo claro que quiero ser actriz.
Pero últimamente, parece que todo se pone en mi contra. El otro día fui por enésima vez a una de esas pruebas. Buscaban a una chica joven para un anuncio de perfume.

“Nos gusta tu pelo, pero…” (Me lo temía, siempre hay un “pero…”) “… Eres demasiado mayor para este papel.”

¿Demasiado mayor? ¡Pero si aún no he cumplido los 30!
Es deprimente.

Voy a otra prueba. Esta vez me ha recomendado mi amiga Mº Ángeles, que dice que buscan a una mujer joven, estatura media, de aspecto maternal para un anuncio de suavizante. Vamos allá…

“Nos gusta mucho tu voz y tu expresión corporal, pero… (Dios mío, ¿y ahora qué?) “…pero eres demasiado juvenil, no das el pego de madre”.

¿En qué quedamos? ¿Soy demasiado mayor o demasiado joven? Aclárense, señores.

He visto en el periódico que buscan una mujer de pelo oscuro para interpretar a la madrastra de Blancanieves en una función infantil. Me presento, y a ver qué pasa.

“Es que… no tiene usted cara de madrastra, la verdad. Es demasiado… dulce, ¿entiende?”

¡Qué voy a entender! ¿Demasiado dulce? ¡Pero si yo hice el papel de Maléfica cuando representamos La Bella Durmiente en el instituto! Aunque en aquella ocasión, la profesora me puso un suspenso, por cierto. Pero es que La muy zorra me odiaba porque yo salía con su hijo, y eso jugaba en mi contra.

En fin. Parece que soy demasiado joven, demasiado mayor, demasiado dulce, demasiado agresiva, demasiado alta, demasiado baja, demasiado morena, demasiado femenina y demasiado mujer para hacer cualquier cosa.

Me marcho a llorar a mi casa. Esto de jugar a ser actriz me agota, y creo que no se me da bien, como casi nada. Será que soy demasiado soñadora, demasiado optimista, demasiado ingenua…

Pero entonces, ¿qué coño hago ahora con mi vida?

CANELA PARA LOS OÍDOS

Hace poco me pidieron que escribiera un relato. Unos familiares de mi chico tienen un cafetín-degustación de café donde quieren recopilar una serie de escritos realizados por la gente habitual del local, amigos y familiares. La idea es hacer un concurso y publicar un libro que reúna toda la colección de escritos, cuyos beneficios irán destinados a una causa benéfica.

El tema principal del relato debía ser la propia cafetería, lo que significaba para el autor, el café, el ambiente del local o las historias que allí suceden día a día. Y ya me conocéis: no pude negarme. Gustandome escribir como me gusta, me comprometí a enviarles un relato. Y ahora quiero compartir con vosotros el resultado, a ver si os gusta 😉

CANELA PARA LOS OÍDOS

Café solo. Con hielo. Un azucarillo.
Es lo que tomo cada mañana desde hace casi siete años.
Vengo aquí, a mi mesa del rincón, y me siento a escribir. A intentar escribir.
ES el único lugar de toda la ciudad donde soy capaz de hilvanar una frase con otra. Desde hace siete años no he podido escribir casi nada que tenga un mínimo de sentido.
Antes mi vida era sencilla. Iba a trabajar. En el periódico sabía cual era mi papel: acudía a las ruedas de prensa, entrevistaba al personaje de turno. Políticos, actores o empresarios… Nadie escapaba a mi grabadora y mi bloc de notas. Volvía a la redacción y me sentaba frente al ordenador. Aporreaba el teclado con energía, como poseído por una fuerza que me impulsaba a escribir hasta que las palabras en la pantalla formaban la idea que previamente había creado en mi cabeza.
Y lo hacía bien. Mis jefes me felicitaban, mis compañeros me envidiaban.
Incluso una vez gané un premio. Nada importante, solo una mención especial del jurado en los premios regionales de periodismo.
Pero era feliz.
Hasta que la conocí a ella.
Entonces mi mundo se volvió del revés, y nada fue como había sido hasta entonces.
La vi entrar por esa misma puerta, hace casi siete años, para pedir un café solo. Lo tomaba como yo: con hielo y un azucarillo.
Me fijé en ella nada más oír su voz. Era como terciopelo líquido. Como la canela en la espuma del café, al deslizarse sobre la lengua. Era miel para los oídos. Un placer para los sentidos, puramente sensual.
Yo traté de concentrarme en el relato que estaba escribiendo en aquel momento. Me gustaba bajar a la cafetería para sentarme aquí, en mi mesa del rincón. Aquí siempre conseguía relajarme y concentrarme. Los mejores relatos y artículos los he escrito en esta mesa, en este rincón.
Pero desde que escuché su voz aquella primera vez ya no pude concentrarme.
En el trabajo me distraía pensando en ella. En casa recordaba la calidez y el timbre de su voz, como chocolate líquido. Y en el café… En el café pasaba las horas muertas escribiendo, o más bien haciendo que escribía, cuando en realidad estaba esperando a que ella volviera a entrar por la puerta y pidiera su café. Solo, con hielo y un azucarillo.
No volvió a hacerlo.
Esperé y esperé. Durante meses, años, regresé a mi mesa del rincón, con mi libreta y mi bolígrafo. Pero no volví a verla.
Traté de escribirle un poema. Tal vez si sacaba lo que me devoraba por dentro, si reflejaba lo que sentía en un papel, así consiguiera exorcizarla y sacarla de mi cabeza.
No funcionó.
Durante un tiempo dejé de tomar el café solo, con hielo. Probé a tomarlo como lo hacían el resto de habituales del café, la especialidad de la casa: café con leche y un toque de canela.
Pero no lo resistí. La leche era tan cremosa como el tono de su voz. La canela me recordaba demasiado a la sensualidad que emanaba de sus palabras.
Y volví a mi café solo, con hielo.
Traté de escribir un relato de amor, con ella como protagonista. De ese modo, pensé, conseguiría como escritor satisfacer sobre el papel las frustraciones que sentía como hombre.
No funcionó.
El relato ganó varios premios, además de algún que otro suspiro entre el personal de la cafetería. Pero más allá de engordar mi ego de artista, no consiguió su objetivo.
Ella no volvió.
Hasta ayer.
A primera hora del día, mientras despertaba mis sentidos con el primer café de la mañana y trataba de buscar un nombre que se adecuara a la protagonista de mi relato, ella apareció de nuevo.
Escuché su voz, pura canela sobre chocolate caliente.
Pero para mi sorpresa, esta vez pidió dos cafés, solos, con hielo.
Cuando alcé la vista para mirarla, mi mundo se vino abajo.
Esta vez ella no venía sola. A su lado, un atlético hombre sonreía y deslizaba un brazo posesivo alrededor de la cintura de ella, que lucía un vientre visiblemente abultado.
Sentí mi mundo tambalearse. Yo, que siempre había vivido de las palabras, no encontré la forma de expresar lo que sentía en ese momento.
Siete años esperando. Siete años tirados a la basura. Palabras nunca dichas. Relatos nunca escritos.
Hoy he vuelto al café. A mi mesa del rincón. Con mi libreta y mi bolígrafo.
Sin mis palabras.
Ya no tengo ideas. Estoy vacío.
Así que degustaré mi café solo, con hielo y un azucarillo.
Y esperaré a que la musa regrese.

Fin.

Con los cinco sentidos

Las doce. Un trueno. Oscuridad. Enciendo una vela.
¿Estás despierto?
Suspiras. Te miro y sonríes.
¿Existe sonrisa más bella?
Tus ojos brillan, mi corazón se acelera.
A penas puedo creer que estés aquí.
Acaricio tu piel cálida, mis dedos hambrientos…
Sábanas de algodón. Olor a lavanda.
Coges mi mano, mi piel se eriza.
Dedos suaves, caricias sinceras.
Tu necesidad, mi desahogo.
Tomas mi pecho, siento tus labios…
Tenerte entre mis brazos, sentir tu calor…
Tú te sacias, yo me vacío… Y me siento plena.
Eres mi amor, mi vida, mi regalo.
Te acuesto de nuevo, junto a mi cama.
Duerme ahora, mi ángel, mamá te cuida.

Campeones

El rugido del público era como música para sus oídos. Al fin, tras más de hora y media de angustiosa lucha, el árbitro dio por finalizado el encuentro. Y finalmente, ellos se convertían en campeones del mundo. Así de rápido.

Él había marcado un tanto, el tercero y el que les había otorgado por fin la ventaja que necesitaban para adelantarse en el marcador. El gol con el que había soñado toda su vida.

Recogió el balón y lo abrazó con fuerza, como una madre que acuna a su recién nacido. Decidió que lo guardaría de recuerdo. Ese día entrarían a formar parte de la historia. Al fin su país se proclamaba Campeón del Mundo. A penas pudo contener las lágrimas que acudían a sus ojos. Recordó el día en que, a sus 19 años, el seleccionador nacional le había llamado para convocarle. Entonces a penas pudo creer que su sueño comenzaba a hacerse realidad. Y ahora, casi seis años después de aquella llamada, se había convertido en uno de los mejores jugadores del mundo. Era más de lo que cualquier persona podría soñar.

Quería echar a correr, entrar como un rayo al vestuario y celebrar la victoria con sus compañeros, sus hermanos. Pero antes debía atender a la prensa.

Corrió hacia el túnel de vestuarios y allí la vio. Era preciosa, el sueño de todo jugador. Permanecía de pie con el micrófono en la mano, tan profesional, tan sonriente como siempre. Aquel día llevaba su cabello rubio hacia atrás, en un sobrio recogido que le dejaba el rostro al descubierto. Un rostro que a pesar suyo, ya cubría miles de portadas en la prensa de medio mundo, y aparecía día y noche en los programas de televisión de su país.

Cuando la joven le vio acercarse, le dirigió la mejor de sus sonrisas más profesionales, al tiempo que enfocaba el micrófono hacia él.

-Enhorabuena, crack. ¿Cómo te sientes en estos momentos? ¿En quién has pensado cuando has marcado el gol?

-Bueno… Ha sido un momento muy especial para todos. Al principio lo teníamos todo en contra, pero hemos jugado nuestro juego como siempre, y al final el resultado nos ha sido favorable…

La periodista le sonrió.

-¿Alguien especial a quien quieras dedicar esta victoria?

Él pensó en la respuesta que revoloteaba agazapada en sus labios, pero no dijo nada. Respondió como pudo a todas sus preguntas, procurando no enrojecer de vergüenza. Le pasaba cada vez que ella dirigía sus preguntas hacia él. ¿Sabría en el fondo lo que él sentía realmente? Esperaba de todo corazón que nunca lo supiera.

Cuando al fin la chica terminó con la entrevista, él pudo alejarse hacia los vestuarios y respiró aliviado. Responder a la prensa le resultaba siempre una tarea embarazosa y terriblemente agotadora. Sabía que formaba parte de su trabajo, y procuraba hacerlo lo mejor que podía, pero una parte de él se sentía absolutamente desnudo ante las cámaras, como si aún fuese un niño de 7 años al que el profesor dirige sus preguntas delante de toda la clase. Su timidez le servía de escudo a veces, pero en otras ocasiones resultaba un grave problema.

Más relajado, corrió los últimos metros que le separaban de la puerta del vestuario. En su corazón, la alegría del momento y la felicidad por lo que habían ganado hacían que todo aquello pareciese un sueño. En su cabeza, en cambio, no podía parar de darle vueltas a la pregunta de la joven periodista. “¿Alguien especial a quien quieras dedicarle esta victoria?”

“¿En quién has pensado cuando has marcado el gol?”

Abrió la puerta y entró al vestuario. Allí estaban sus hermanos, su familia deportiva. Escuchó las risas, las bromas. Olía a sudor, a testosterona. El caos reinaba por todas partes. Pero todos ellos sonreían. Al fin lo habían logrado. Por fin eran los reyes del mundo.

No se atrevió a mirar a nadie, ni quiso hablar con nadie. Aquel momento era solo suyo.

En silencio, se acercó al banco donde tenía la bolsa con su ropa. Y mientras, la pregunta seguía resonando en sus oídos, como un zumbido constante.

“¿En quién has pensado cuando has marcado el gol?”

Cerró los ojos con fuerza. No quería que las lágrimas se desbordasen. Ahora no. Rogó porque nadie le preguntase nada más, que ninguno de sus compañeros le viese ni se acercase para palmearle la espalda. Todavía no estaba preparado. Sólo quería hacerse pequeño y desaparecer. Invisible. Quería llorar a solas, tragarse los sentimientos en silencio.

Si ellos supieran… Si alguno de ellos llegase tan sólo a imaginar lo que escondía su corazón.

Pero no quería pensar en eso ahora. Era la noche de su victoria, la noche en la que se habían proclamado campeones.

Entonces una mano le rozó amistosamente el hombro, y se sobresaltó.

-¿Qué pasa, tío? Has estado espectacular. ¿Vienes a celebrarlo? Los chicos han traído una botella de champán…

Él se sonrojó de golpe. Miró aquellos ojos, los ojos de su mejor amigo, de su hermano de equipo desde que los dos eran niños. Era la persona que mejor le conocía, y sin embargo, estaba ciego. Sordo y ciego ante sus sentimientos.

La preciosa periodista era la novia de su amigo, la que aparecía a su lado en todas las revistas del corazón. Juntos eran la viva imagen de la pareja perfecta. Ella era la que le hacía feliz.

Y él sabía que nunca podría reemplazar ese lugar. Nunca podría decirle a su amigo lo que sentía, porque entonces lo perdería para siempre. Si él, o cualquiera de sus hermanos de equipo llegaban a enterarse alguna vez, lo perdería todo. Porque nadie debía enterarse de lo que guardaba su corazón. Aquellos sentimientos horribles, prohibidos e innombrables en su mundo.

Sin dejar de mirarle a los ojos, aquellos ojos amables que tanto le atormentaban y a los que a pesar suyo no podía dejar de amar, le sonrió.

-Venga, vamos a por esa copa de champán.

Dejando la bolsa a un lado, se levantó, y una vez más, cerró los ojos a su corazón.

La niña que se escondía tras las gafas de sol

Había una vez una niña que se sentía diferente al resto de los niños. Podía leer, correr y jugar como ellos, pero sus ojos eran demasiado sensibles a la luz del sol. La niña tuvo que viajar y visitar a muchos médicos, y pasar por muchas operaciones quirúrgicas antes de que sus ojos pudieran soportar ligeramente la luz solar. Aún así, durante muchos años no le quedó más remedio que llevar unas horribles gafas de sol, por las que el resto de los niños la señalaban.

Tantas horas pasadas en hospitales, y tantas veces ocultándose de los otros niños tras los cristales oscuros de sus feas gafas de sol, hicieron que la niña se volviera aún más tímida y se sintiera todavía más diferente a ellos.

Un día, la niña descubrió que había más gente como ella, gente que tenía los ojos tan sensibles como los suyos. Entre esa gente, había un grupo de personas que formaban parte de algo que le llamó la atención. Se llamaban a sí mismos Bambalinas , y se dedicaban a interpretar a otras personas.

A la niña le llamó tanto la atención este grupo de gente que decidió unirse a ellos. Con tan sólo doce años se convirtió en la más pequeña del grupo, pero también la más protegida.

Allí descubrió todo un mundo de posibilidades. Descubrió que no tenía porqué quedarse siempre en su mundo de oscuridad en el que se sentía diferente al resto de niños, si no que podía fingir ser otras personas, con vidas diferentes a la suya. Podía ser un ángel, un pirata, un hada, o incluso hasta una vil asesina. ¡No había límites para la imaginación!

Gracias a aquellos años, la niña empezó poco a poco a sentirse menos diferente, y con cada nueva vida que interpretaba, iba perdiendo su inicial timidez.

Pasaron los años, y aunque la niña se convirtió en mujer, para sus compañeros del grupo siempre seguiría siendo ‘la niña’. Hoy esa mujer se ha convertido en una ferviente amante de la literatura, el cine, las letras en general. Acabó sus estudios de Periodismo y lucha por labrarse una carrera en el mundo de la Comunicación; colabora en un programa de radio, trabaja con una beca en el área de comunicación de una institución pública, escribe activamente en las redes sociales, y de vez en cuando desnuda su alma en este blog.

Hoy, con motivo del Día Mundial del Teatro, me apetecía compartir con vosotros lo que significa y ha significado en mi vida. Sinceramente creo que de no haber sido por el Teatro, por los años que viví y crecí con mis compañeros del grupo, ahora seguiría siendo una niña tímida que no se atrevería ni muerta a hablar en público. Ya no puedo esconderme tras aquellas horribles gafas de sol, porque hace años que juré que no volvería a ponérmelas, cuando me operaron de la conjuntiva y perdí parte de la fotofobia que sentía en los ojos. ¡Qué gran satisfacción al quitármelas para siempre!

De no haber sido por el Teatro, jamás me habría atrevido a hablar ante un micrófono en un programa de radio, ni a leer un manifiesto por el Día de la Discapacidad ante decenas de personas, autoridades y medios de comunicación. No creo que hubiese encontrado las fuerzas para hablar ante una clase entera de chavales, que como yo a su edad, están confusos y desorientados esperando que alguien les diga que esa confusión no durará para siempre.

Para mí, el Teatro supuso una vía de escape a mi realidad, una llave mágica para vivir en otros mundos, otras vidas, otras historias diferentes a la mía. Con los años aprendí a perder los nervios ante el escenario –no del todo, porque nunca dejas de estar nerviosa antes de una actuación-, y comencé a sentir algo nuevo, algo que nunca creí que sentiría: auténtico amor.

Subirte al escenario y comenzar a interpretar esas palabras que llevas meses ensayando, sentir cómo le afecta al público, cómo se ríe, se conmueve o incluso se horroriza. Sentir que captas su atención, que tienes en ese momento el poder de hacerles sentir cosas, y que por unos minutos, creen en la ilusión de que eres ese personaje que estás interpretando.

Terminas por engancharte a esa sensación, como un heroinómano a su droga. Una vez que sientes ese cosquilleo sobre el escenario, estás perdida. Es como… como enamorarse. Y una vez que te das cuenta, no hay vuelta atrás. En ese momento eres consciente de que hagas lo que hagas en tu vida, por mucho que te alejes de los escenarios, nunca dejarás de amar el Teatro.

Y para vosotros, ¿qué es el Teatro?

LA VENTANA DEL HOSPITAL

Hace ya mucho tiempo, este relato llegó hasta mí. No sé muy bien quién lo enviaba, ni quién fue el autor, sin embargo, la historia que describe emana tanta belleza y optimismo, que no he podido evitar compartirlo con vosotros.
Perdonad que no pueda daros más referencias sobre el autor. Supondremos que es anónimo, ¿de acuerdo? Tan solo quedaros con el mensaje, y contadme qué os sugiere 🙂

Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación. El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba.

Los dos charlaban durante horas. Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, dónde habían estado de vacaciones.

Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana. El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas, en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo exterior.

La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista de la línea de la ciudad.

Según el hombre de la ventana describía todo esto con detalle exquisito, el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena.

Una tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando. Aunque el otro hombre no podía oír a la banda, podía verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus mágicas palabras.

Pasaron días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía. Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes del hospital, para llevarse el cuerpo.

Tan pronto como lo consideró apropiado, el otro hombre pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana. La enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba cómodo, salió de la habitación.

Lentamente, y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior; por fín tendría la alegría de verlo él mismo. Se esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama… y se encontró con una pared blanca.

El hombre preguntó a la enfermera qué podría haber motivado a su compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la ventana. La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared, y le indicó: “Quizás sólo quería animarle a usted”.

LEYENDA

Cuenta la leyenda, que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando el ABURRIMIENTO había bostezado por tercera vez, la LOCURA, como siempre tan loca, les propuso:
– “¿Jugamos al escondite?”

La INTRIGA levantó la cara intrigada, y la CURIOSIDAD, sin poder contenerse, preguntó:
– “¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?”
– “Es un juego- explicó la LOCURA – en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde 1 hasta un millón, mientras ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes al que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego.”

El ENTUSIASMO se halló secundado por la EUFORIA. La ALEGRÍA dio tantos saltos, que terminó por convencer a la DUDA, e incluso a la APATÍA, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar.
La VERDAD prefirió no esconderse; ¿Para qué? si al final siempre le fallaban. La SOBERBIA opinó que era un juego muy tonto, aunque en el fondo, lo que le molestaba era que la idea no había sido suya. Y la COBARDÍA, prefirió no arriesgarse.

– “Uno, dos, tres…” -comenzó a contar la LOCURA.

La primera en esconderse fue la PEREZA, que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino. La FE subió al cielo, y la ENVIDIA se escondió tras la sombra del TRIUNFO, que con su propio esfuerzo, había logrado subir a la copa del árbol más alto.

La GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba, le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: ¿que si un lago cristalino? ¡Es ideal para la BELLEZA! ¿que si la rendija de un árbol? ¡Perfecto para la TIMIDEZ!; ¿que si una ráfaga de viento? ¡Magnífico para la LIBERTAD!
Así que terminó por ocultarse en un rayito de sol.

El EGOÍSMO, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo… Eso sí, sólo para él.

La MENTIRA se escondió en el fondo de los océanos (¡mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris), y la PASIÓN y el DESEO, en el centro de los volcanes.
el OLVIDO, ¡se me olvidó donde se escondió! Pero no es lo importante.

Cuando la LOCURA contaba 999.999, el AMOR aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado. Hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

– ¡Un millón! – contó la LOCURA, y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la PEREZA, sólo a tres pasos de la piedra. Después escuchó a la FE, discutiendo con Dios en el cielo sobre zoología, y a la PASIÓN y al DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes.
En un descuido encontró a la ENVIDIA, y claro, pudo deducir dónde estaba el TRIUNFO.
Al EGOÍSMO no tuvo ni que buscarlo, él solito salió desesperado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar, sintió sed, y al acercarse al lago descubrió a la BELLEZA. Y con la DUDA resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca, sin decidir aún en qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos: el TALENTO entre la hierba fresca, la ANGUSTIA en una oscura cueva, la MENTIRA detrás del arco-iris (¡mentira, si ella estaba en el fondo del océano!), y hasta el OLVIDO, al que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Tan solo el AMOR no aparecía por ningún sitio.

La LOCURA buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba apunto de darse por vencida, divisó un rosal con sus rosas. Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto, un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos al AMOR, y la LOCURA no sabía qué hacer para disculparse. Lloró, rogó, imploró, pidió perdón,
y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra,
EL AMOR ES CIEGO,
Y LA LOCURA SIEMPRE LE ACOMPAÑA.